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miércoles, 7 de agosto de 2013

El humor del filósofo lacaniano

POR HECTOR PAVON



Hay método en su locura... Slavoj Zizek es vehemente y apasionado por la palabra y así se lo percibe en la imagen y la voz que llega a través de una videollamada por la pantalla de la PC. Se encuentra en San Pablo donde presentó un nuevo libro sobre Hegel y va a hablar un poco en esta entrevista del libro que publicó aquí El más sublime de los histéricos (Paidós). Así es su producción intelectual: tiene más de 60 libros escritos que se multiplican y superponen alrededor del mundo en decenas de idiomas. Y eso lo hace feliz: “El mejor momento de vida siempre se relaciona con el último libro de filosofía que escribí”.
-¿Cuál es la lectura que hoy hace de este libro que escribió hace treinta años como tesis, dirigido por Jacques Alan Miller?
-Suelo ser muy crítico. Pero debo admitir que ésta es mi primera obra seria. Preferiría que todos mis libros anteriores fueran quemados. Este es el primer libro que no me disgusta. Lo que más me sorprende es lo poco que he cambiado. No me gusta que haya muchos grandes cambios. Mi último libro que acaba de aparecer en Brasil –de más de 1.000 páginas, Less than nothing– podría tener la tapa del libro del que hablamos. Siempre estoy escribiendo o editando el mismo libro.
-Heidegger, Lacan, Marx y Hegel señalan el origen de su filosofía. ¿Cómo armó esa constelación?
-Tenía 21 años cuando escribí mi primer libro que fue sobre Heidegger y el lenguaje. Había dos grandes orientaciones en Eslovenia: la filosofía oficial, dominante, es decir, el marxismo y la Escuela de Frankfurt. Y la otra, no oficial, la de los heideggerianos. Yo estaba más o menos con ellos, luego explotó el pensamiento francés: Foucault, Lacan, Althusser. Y nuestra joven generación quedó inmediatamente fascinada con ellos, porque este pensamiento francés fue atacado brutalmente por las dos orientaciones en Eslovenia. Y esto nos intrigó: cómo podía ser que los enemigos oficiales, los heideggerianos, y los marxistas, hablasen el mismo idioma contra su enemigo común. Estuvimos oscilando: un poco de Lacan, Derrida, Foucault, Althusser, Deleuze. Y luego nos volvimos lacanianos, pero todo esto fue a través de Hegel. Su universo fue nuestra experiencia formativa.
-¿Conoció en persona a Jacques Lacan?
-Sí. Pero estoy completamente seguro de que él nunca me conoció. Hablé con él dos veces cuando estaba estudiando en París, con Jacques Miller. Conocí a algunas personas que en aquel momento se analizaban con Lacan y que me contaron que estaban seguros de que Lacan, ya senil, ni siquiera los escuchaba mientras se psicoanalizaban con él, que Lacan no sabía quiénes eran. Miller nos presentó, pero estoy convencido de que Lacan no supo quién era yo.
-¿Y hoy está en contacto con Miller?
-Lamentablemente no. Gracias a él comprendí a Lacan. A comienzos de los 80 fui admitido a un seminario suyo. Miller tenía la habilidad mágica de “traducirnos” a Lacan. Creo que a Miller le interesaba más expandir su parte clínica y quería que yo volviese a Eslovenia e iniciase clínicas lacanianas pero yo no quise. Aunque me considero demasiado loco, la sola idea de ser un psicoanalista me parecía una locura. Lo que lamentablemente sucedió es que él se movió hacia la centroderecha liberal y escribe columnas en dos medios de la centroderecha francesa: Le Figaro y Le Point.
-En el documental “Zizek!” usted dice: “no queremos realmente lo que pensamos que deseamos...” 
-Es la lección básica de Lacan. Lo que deseás no es generalmente lo que querés. El tema es que a menudo, cuando obtenés demasiado de lo que pensás que deseás, el resultado puede ser el horror. El psicoanálisis hace algo que puede parecer simple: te confronta sin excusas con lo que efectivamente deseás. Es horrible de asumir. Nuestra posición natural es la hipocresía: deseamos algo pero preferimos no tener lo que queremos. Un ejemplo político brutal: hoy está de moda decir que la gente quiere tener voz, participar en política. No. La mayoría, no. Esto es lo problemático cuando se dice: “Necesitamos una ciudadanía más activa”. Que la gente debe participar en las decisiones, en reuniones, en sus comunidades locales, etcétera. No es así, salvo en situaciones de emergencia, en estos hermosos momentos de revueltas y demás. Pero en el largo plazo, lo que la gente quiere es un orden público, organización estatal, que las cosas funcionen y me permitan hacer bien mi trabajo. No me gusta este casi superyoico terror de ser un ciudadano activo, que participa todo el tiempo. No funciona de ese modo.
-¿Y cuál es el lugar de la ética en este contexto? Algunos plantean que debe ser repensada...
-Los problemas que estamos confrontando no pueden ser respondidos por ningún sistema ético tradicional, antiguo. Tampoco la religión ni la ética secular estándar. Lo que sabemos por la biogenética o las ciencias cognitivas sobre nuestro cerebro es que hay increíbles posibilidades de conexiones cerebrales a computadoras y demás. Se podría cambiar genéticamente nuestros niños, nuestro ADN, no hay reglas claras en esto. Lo más significativo de esta confusión fue que Jürgen Habermas, el más alto representante de la izquierda liberal secular alemana, y el entonces cardenal Joseph Ratzinger escribieron juntos un pequeño volumen contra la amenaza de la biogenética. Ellos, grandes oponentes, bregaban por poner límites. No es una respuesta suficiente. Me parece que vivimos un momento de crisis ética, pero no me refiero a la queja habitual conservadora de la pérdida de valores. Me refiero a que estos valores están en crisis desde sus cimientos. Vivimos tiempos muy abiertos e interesantes.
-Y en el cruce de psicoanálisis y filosofía, ¿qué elige, la vida real o la ficción?
-Según Lacan, a veces la ficción es más real que la vida real. A veces lo que es excluido o reprimido de nuestra realidad se formula más tarde disfrazada de ficción. Por eso me gusta la ciencia ficción porque podemos ubicar cosas que no podemos confrontar directamente en la realidad. Por ejemplo: Lincoln de Spielberg. Una película de la mitología liberal oficial donde Lincoln aparece como el maestro ejecutor de las maniobras necesarias. Pero, antes apareció Lincoln: cazador de vampiros, un filme de terror absolutamente loco en el que se cuenta que los verdaderos enemigos de Lincoln eran los vampiros que apoyaban a la Confederación de estados del Sur, que les proveían la sangre que necesitaban, de los negros y los muertos. Lincoln lo sabía y por eso en la batalla de Gettysburg utilizó balas de plata, porque entre los combatientes sureños había vampiros. Toda la violencia, la lucha para terminar con la esclavitud, llamémosla lucha de clases, está ausente en la película oficialista de Spielberg y se recrea, en una película de ficción.
-Hay una pregunta conocida de Freud: “¿Qué es una mujer?”. Actualicemos esta inquietud por: ¿Qué es un hombre?
-Estoy tentado a decir que la lección más profunda de Lacan es que la mujer está en una posición ontológica más fundamental. Que la subjetividad está en su nivel más fundamental femenino. Y que el hombre es una reacción a la mujer, el hombre viene en segundo lugar. En esto, Lacan dio vuelta la Biblia, que primero habla de Adán y la condena de la diferencia sexual y luego de la mujer. El hombre viene en segundo lugar, es una especie de ello para la mujer. Porque, otra vez, esta inconsistencia pura de ser sujeto del orden simbólico, que Lacan habría llamado “el no-todo”. El hombre, entonces, es un intento a través de un significante fálico para totalizar esto, y así sucesivamente. Hace poco leí un libro sobre Corea del Norte donde la autora demuestra cómo el régimen norcoreano no sería un régimen autoritario machista sino que es profundamente no feminista, pero sí maternal donde la propaganda del partido es la de una madre de masas, todas las metáforas del poder son maternales. Hay canciones que dicen cosas como que el partido es la madre de la gente y que la gente sólo podrá sobrevivir si toman la leche del partido madre: “nunca abandonaremos tu seno materno, madre partido”.
-Ha asustado a los europeos cuando escribió: “El futuro de la democracia es Berlusconi...” 
-Exageré un poco pero señalé algo muy triste. Sólo Europa y un poco EE.UU. se encuentran en crisis; América Latina está progresando rápidamente; Africa subsahariana está progresando; Malasia; Polonia. China, Singapur, Taiwán, tienen un progreso explosivo. En todo el planeta, al capitalismo le está yendo mejor que nunca. ¿Pero qué es lo que está en crisis? El matrimonio interno entre el capitalismo y democracia se está desintegrando. Lo que está apareciendo hoy es una nueva forma de capitalismo, pero que ya no necesita a la democracia en el sentido europeo. Fijate en China: los viejos comunistas totalitarios hoy parecen ser los mejores administradores del nuevo capitalismo. Y, lo de Berlusconi fue una señal de cómo, lento pero seguro, la misma tendencia autoritaria, aunque se mantenga la democracia, la misma irrelevancia gradual de la democracia está creciendo también en algunos países de Europa. Si entráramos en un mundo que deje de ser ideológicamente europeo, entonces quizá tengamos una sociedad mucho más autoritaria.
-Usted criticó movimientos como “Occupy Wall Street”. ¿Le parece posible que surja algo nuevo de esta crisis?
-Sí, claro. Hasta escribí un libro The year of dreaming dangerously. Estuve, por supuesto, a favor de “Occupy Wall Street”, pero enfaticé que era un gesto negativo. La importancia de “Occupy, Wall Street” fue que mostraban que había algo mal más allá de nuestro sistema económico. Y, además, la democracia en su forma actual, la democracia multipartidaria institucional no es suficiente para lidiar con estos problemas. Lo principal es que al menos en algunos países europeos hay situaciones protorrevolucionarias. Sin embargo, no hay movimiento que podría redireccionar esta profunda y agresiva insatisfacción hacia una dirección política mínimamente positiva. Si se les pregunta a los manifestantes qué es lo que quieren, todo lo que recibís como respuesta es “queremos más dinero para salvar a la gente, más gente que ahorre dinero, más justicia, una vida digna”. Pero si les preguntás a los manifestantes: “Ok, pero ¿qué quieren, más específicamente? ¿Un capitalismo más keynesiano? ¿Más moderno?, inmediatamente recibís respuestas confusas. Me parece que el verdadero perdedor en esta crisis es la izquierda radical. En Grecia hay un movimiento griego muy bien organizado, ¿qué ocurre si ganan las próximas elecciones? La mayoría quiere formar un gobierno de coalición nacional aun con gente cercana a la democracia para salvar al país. La mayoría persigue esta línea pura de no compromiso. Entonces el problema subsiste. El problema de la izquierda que simplemente no puede formular un gran proyecto. Ahora bien, por supuesto, la respuesta obvia habría sido “Quizás no podemos formular semejante proyecto. Tal vez debamos seguir modestos, pragmáticos y realistas, y simplemente tratar de cambiar el sistema gradualmente: más cuidado de la salud, más política ambiental, y demás”. Por otro lado, China, India y otros países continúen desarrollándose así, la humanidad entera no puede convertirse en consumidora como los países altamente desarrollados. Hay un límite ecológico. El capital trata desesperadamente de encontrar formas de prolongar esta etapa de lo privado, por no hablar de nuevas formas de apartheid, de los problemas que plantea la biogenética. Por eso, si no hacemos algo, si no hay una suerte de acción colectiva, pienso que, si las cosas siguen igual que ahora, nos estaremos acercando a una triste sociedad autoritaria, con apartheid, privilegios para algunos y otros males.
-¿Los filósofos tienen humor?
-Pienso que todos los filósofos dialécticos saben cómo tener humor. Hegel está lleno de bromas, hasta de bromas cínicas, si se quiere. Heidegger es un caso interesante porque es el único filósofo en cuya obra entera no encontrás ni una sola broma. Conozco a Heidegger muy bien, pero, para asegurarme, suelo preguntarles a amigos míos que son heideggerianos fanáticos si recuerdan algún chiste. Y aquí viene la ironía. El único lugar que conozco donde Heidegger formula algo como una broma es en una carta a un psiquiatra suizo que lo estaba tratando, Medard Boss. En esa carta, Heidegger le informa a su amigo suizo sobre su visita a Lacan a fines de los años 50. Y dice que Lacan le parecía un buen psiquiatra que a su vez... necesitaba de un buen psiquiatra. Es el único comentario irónico que le conozco a Heidegger.


lunes, 12 de noviembre de 2007

FREUD Y LA FILOSOFÍA: LA SEPARACIÓN

El hombre es su estilo, nos dice Jacques Lacan, es el estilo mismo lo que hace de sus miserias o de sus grandezas.

Freud es un estilo, un gran estilo que inspira a unos para la mal-dicción, para la mal comprensión, erudición vana, o para la retoma que avanza, no sin perplejidades, en el fárrago de una existencia que pretende su propio destino.

¿Qué decir pues de un hombre que hace estilo descubriendo lo que de manera obcecada la humanidad ha intentado mantener a raya? Y aún más, ¿qué decir de un hombre que aun muerto sigue vivo, sigue respondiendo, y del cual muchos, multiplicados por mil, han proferido su palabra y su saber? En apariencia nada o muy poco se podría decir.

Son ciento cincuenta años en donde los últimos 90 legan a la humanidad una obra inmensa y con fundamento desentraña las entrañas de lo más propio de la condición humana. Empero como toda obra y con ella el inmortal nombre de aquel que la produce se puede decir, se puede intentar arrancar de la misma obra jirones productivos que establezcan nuevas luces.

Este es nuestro tributo a ese natalicio que hoy nos convoca, el intento por un decir.

Sigmund Freud tiene una relación próxima con la medicina, con la investigación anatómica, con la psiquiatría y una relación coqueta con la filosofía. Una coquetería que le aproxima en algunos momentos y en otros lo distancia. Una filosofía que pone al positivismo como condición del quehacer de las ciencias y se hace paradigma. Una relación que se ha pretendido mostrar como esquiva y de la cual, según algunos doctos, se separa radicalmente. Sin embargo si miramos de manera atenta no es tan simple como se expresa esta separación, no es tan fácil sostener que la comprobación de un saber de lo inconsciente, la postulación de la funcionalidad consciente de otra escena en el yo sean argumentos que liquiden la reflexión y la tradición filosófica con las cuales Freud se las tiene que ver y que hereda como riquezas de un pueblo.

La tradición filosófica, ese inmenso cosmos, que desde tiempos inmemoriales ha intentado saber de lo mortal y lo inmortal, de lo divino y lo profano, esa rancia reflexión será con la que Freud se las tendrá que jugar.

En un sentido, y no el menos importante, la filosofía funciona como el telos en donde se proyecta la totalidad de lo existente y el saber que se produce sobre el mismo. Todo descubrimiento, todo avance estará en pro y confirma las expresiones filosóficas o se oponen y rivalizan con ella. No existe pues una autonomía sino en términos relativos de las ciencias y las disciplinas respecto al cosmos filosófico.

Esa constancia de la filosofía como telos y su relación con el saber en general queda patentizada en los trabajos de antecesores y profesores de Freud, baste recordar las disputas y los progresos de la física-química experimental. La filosofía estaba presente y recorría la sabia de las ciencias como aquello que no se confesaba abiertamente pero alimentaba desde su silencio los movimientos doctrinales.

Podríamos sostener, incluso, que toda forma del lenguaje estaba impregnada por una mítica filosófica que se abría paso allende de los supuestos purismos de la ciencia. Nada escapaba a la utilización del lenguaje filosófico, éste proveía el rigor de los tratamientos científicos, sociales y humanistas de la época, dejando sólo un escaso margen a la producción de nuevos conceptos y a la utilización de nuevos vocablos.

En el caso de Freud, que es el caso de la Viena intelectualizada, la cercanía de las producciones filosóficas alemanas era evidente. Racionalismo, romanticismo, criticismo, idealismo y filosofía del yo ponen sus elementos, argumentos y teorizaciones como puntos inamovibles, como los momentos culmen de la capacidad humana, como lo más excelso y depurado que se puede saber sobre lo humano y su verdad.

La filosofía, pues, había determinado todo lo posible, era una suerte de anatema que se erigía en criterio de verdad y que de alguna manera había logrado la división de los saberes para garantizar su poder. Desde allí resultaba imposible una separación radical de ella.

Ni la crisis sufrida a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII habían logrado la separación de la filosofía de los otros saberes, ella permanecía de una manera u otra entronizada en su lugar de saber de los saberes más allá de la misma critica que le llegaba desde los múltiples flancos denominados científicos. No era sólo sus teorías las que se resistían al olvido sino que la forma de argumentación, de demostración y de coherencia interna, sistematicidad, cobraban valía en todo uso, práctica y teorización.

De la libertad, de la acción moral, de la conciencia, del yo, del conocimiento, de la representación, de las relaciones intersubjetivas, de las matemáticas, de la verdad y la mentira, del uno y del otro, del lenguaje entre otros son los temas sobre los cuales descansa la reflexión filosófica. Todos ellos con implicaciones directas en el ser y hacer de los hombres en tanto individuos y en tanto sociales. Temas que tienen la característica común de descansar sobre una yoidad edificada en la reflexión que se anuncia en la obra cartesiana y funda la modernidad pensante; es decir, la era del hombre y la civilización de la ciencia.

Una yoidad que se homologa con la conciencia siempre despierta y que en última instancia se hace sinónimo de vida. Ser consciente es ser capaz de vivir despierto, de conocer lo que aparece, dar cuenta desde la voz presente de la actuación consecuente, es medir los propósitos y justipreciar lo otro con el rasero de una razón matemática. Yo, conciencia y vida no se presentan separados si no como una unidad, el hombre, que no se permite nada distinto que la confirmación del sofista Protágoras: el homo mesura.

Dicha unidad, indistintamente como sea abordada, postula la existencia de una metafísica de la vida y de la muerte, una ética de lo contingente y las garantías del no desborde de la no hybris desde el control absoluto del yo.

Este yo absoluto que reina sobre lo habido y por haber, promesa de perpetuidad y garantía de un más allá, erige lo absoluto como la categoría que nombra su existencia para convertirse en un amo alejado de su propio feudo.

Y aún hombres de la talla de un Kant, de un Schopenhauer y del mismo Nietzsche caen en el presupuesto conciencialista-absoluto de una toma de saber operante y denunciante.

Pero son precisamente estos autores los que indican que la filosofía tal como ha sido entendida antes de la aparición de sus respectivas obras ha extraviado el camino y ha puesto límite incluso allí en donde se sostiene la absolutez del yo y del conocimiento que le acompaña. La filosofía es entonces, para ellos, una teoría del límite y del cerramiento que enajena y somete, pretenden superar lo anterior pero se mantienen simplemente alejados y no separados de la misma tradición que denuncian.

Freud, quien desde edad temprana se relaciona, lee y estudia filosofía encontrará, confesada o inconfesadamente, en los tres filósofos mencionados una salida para la enajenación filosofante. En ellos descubre una constante que a ciencia cierta les vale el titulo de libertarios. Ello consiste en postular la existencia de fuerzas que se superponen a la fuerza del yo, a la razón misma dejando lugares y poderes por conocer, en una palabra dejando una zona que desafía el límite de lo absoluto, postulando la existencia de un “algo” que vive al sujeto sin que este lo sepa.

No es poca la contribución de estos filósofos para un espíritu de aptitud crítica y de vigilancia permanente, se diría incluso que comienzan a marcar el norte de la mirada profunda y revolucionaria del genio de un hombre como Freud. Más no podría sostenerse que dicha contribución hubiese desviado la atención del médico Vienés o hubiese cambiado la finalidad del mismo para convertirse en un filósofo o para confundir su descubrimiento con una filosofía.

Al contrario, el descubrimiento del inconsciente como lugar de saber se realiza desde otra óptica, desde otra perspectiva que no es la abstracción trascendental ni la simple teorética, él se vislumbra en la dimensión clínica, en esa realidad que da un nuevo sentido a la experiencia y a la experimentación con una nueva sustancia que no se aprehende por fuera de ella misma. Esta revolución de la experiencia no permite que el descubrimiento freudiano tenga un antecedente en ninguna filosofía anterior ni posterior, es un separarse radical que no mantiene sino similitudes de grado con sus antecesores pensantes.

Ahora bien, lo que no puede ponerse en duda es que estos filósofos contribuyeron en la construcción del edificio teórico que soporta el descubrimiento. Sin embargo esta contribución no se debe entender como una forma renovada de adhesión a la filosofía, es de modo contrario la liquidación de la misma tanto en sus fundamentos experienciales como teóricos. Existen pues momentos en los cuales los conceptos básicos del psicoanálisis se apoyan en uno de estos tres filósofos, Kant, Schopenhauer y Nietzsche para superarlos de modo definitivo.

Tratemos aunque de modo sucinto de esos momentos y las relaciones que allí aguardan con los tres filósofos, sin pretender agotarlos en el espacio breve de esta celebración.

En primera instancia encontramos al gigante de Konisberg, quien de lejos marca un nuevo recomienzo de la filosofía aun más allá de las lecturas que simplifican su pensamiento a una epistemología o a una psicología o que lo relacionan con el idealismo y la trascendencia imposible.

Kant, de lejos puso los límites de la razón en la razón misma y su aspiración a lo incondicionado por legítima que sea no es más que su extravío, un perderse en donde su esencialidad cognoscente se diluye. Con esta aseveración tenemos que la relación objeto-mundo sujeto está mediada siempre por el poner propio del sujeto depositario de un deseo cognoscente. Su conocimiento no es más que aquello que gracias a la representación funda el objeto manteniendo en el orden de la cosa en si un lugar impenetrable para el mismo. Esa cosa en si, noúmeno, no es cognoscible por la razón pero no por ello no niega de su existencia.

Freud retomará esa “cosa en sí” en su metapsicología dando un sentido que no era aplicable en Kant, quien la mantuvo en el orden de la exterioridad-mundo, colocándola a funcionar hacia la interioridad del ser humano y mostrando como esa “cosa en si” estaba en la estructura misma de la condición humanizante, y además es poseedora de una dinámica y una energía que propulsa hacia el exterior alejándose cada vez más de sí misma.

De modo que la cosa kantiana no es la cosa del psicoanálisis

El asunto respecto a Kant no queda reducido a lo anterior; debe recordarse que el propio Kant, en sus paralogismos, niega cualquier posibilidad de la existencia de una psicología científica manteniendo a esta solo del lado del empirismo y como tal solo posible como fenómeno externo.

La respuesta freudiana de haber sido la de una psicología científica habría determinado la permanencia en el cosmos critico kantiano, empero la respuesta no es la de una psicología científica sino la de un saber de lo otro, la respuesta es el psicoanálisis y con ella se demarca de nuevo su separación.

En esta misma dirección se debe comprender la aplicación estricta del principio determinista de Freud. No es necesaria una universalidad de causas de y de principios para explicar un evento que por más que se ha intentado explicar con las herramientas venidas de diferentes disciplinas siempre se han mostrado insuficientes y en vez de explicar con la claridad lo que hacen es oscurecer la procedencia, la causa, gracias al intento artificial de darle una desde la particularidad de cada disciplina.

De ahora en adelante todo acontecimiento de la vida y de la razón, incluso aquellos que no tienen explicación desde lógica impuesta en el juicio racional, tiene un antecedente que funciona como causa eficiente y suficiente en la dimensión interna, en el psiquismo mismo.

Lejos de ser seres libres, cosa que aun es posible de pensar en Kant, y racionales estamos determinados por un orden inconsciente que escapa a la acción volitiva consciente del yo.

Este llevar hasta las últimas consecuencias el principio determinista tiene, en apariencia, una dificultad respecto al libre albedrío del sujeto, agalma cara al humano, que se resuelve desde el psicoanálisis en un avanzar del saber en procura de la verdad mediante la experiencia e interpretación de esa cosa en si psíquica.

Pasemos a otro de los momentos de la construcción teórica de Freud, a saber: la postulación del inconsciente como lugar en donde se deposita un saber no sabido por parte del yo.

Se deja escuchar de manera inmediata la sentencia: lo inconsciente es lo que no puede llegar a ser consciente en circunstancias normales para un yo.

Dicho de este modo no cabría la sospecha nietzscheana de que todo lo construido del lado de la episteme y del lado de razón son meras ilusiones y engaños de los cuales se puede saber por una reflexión seria y con ella el reconocimiento de algo “inconsciente” a lo que se llega desde una mismidad descarnada y pensante.

Indudablemente Nietzsche tiene un saber que lo pone en un lugar de avanzada respecto a sus contemporáneos que pasa por lo humano y lo demasiado humano pero que se mantiene en el hechizo de creer que existe la posibilidad de saber de lo más profundo, que es para el lo más superficial, desde el sí mismo.

Esta creencia opera para poder reconocer y aun para dominar la vida instintual y así hacerse el profeta que anuncia el por-venir como designio que se repite en eterno retorno pero siempre el mismo. En última instancia Nietzsche cree que el psiquismo, sede de lo instintual, es co-extensivo con la conciencia gracias al ejercicio de la razón.

No serán pocos los elementos nietzscheanos que son fáciles de rastrear a lo largo de la obra de Freud y que indudablemente tienen peso en el constructo mismo; sin embargo, en aras de la brevedad no serán abordados en el presente escrito; pero podemos avanzar en este momento coyuntural que hemos anunciado. Así que mientras para Nietzsche “lo inconsciente” es capaz de conciencia para sí desde el trabajo de la razón, lo verdaderamente inconsciente, el formulado por Freud, es aquello que incluye datos de los que ordinariamente el yo-conciencia no puede tener conocimiento alguno.

Se hace evidente que lo que Nietzsche postula como inconsciente no es el inconsciente propiamente dicho, pero sí una de las formas del mismo en sentido descriptivo; es decir, el águila bicéfala sabe de lo preconsciente y nada más; aunque ese saber sea ya de proporciones escandalosas para la filosofía no lo es tanto para el psicoanálisis.

Como si lo anterior no fuese suficiente podemos marcar, aun, una diferencia más que demuestra nuevamente la separación freudiana de la filosofía y, particularmente de la obra Nietzscheana. Mientras Nietzsche insiste en la posibilidad de un saber de lo preconsciente en la mismidad y en la soledad del laberinto del Minotauro y en la altura de las siete soledades, Freud descubre la única vía regia para el desciframiento de lo inconsciente haciendo constancia y reconocimiento del otro como garantía de ese saber imposible en la mismidad: La transferencia.

Y no es que la filosofía no supiese de la importancia y de la existencia del Otro e intuyera la presencia opas del Otro, sin embargo jamás lo consideró como absolutamente necesario para desvelar lo que allí se deposita; o que ese Otro estaba en la mismidad del pensante.

Cuestión esta de la máxima importancia en cuanto se marca la separación, la escisión radical entre la filosofía y el psicoanálisis, a tal punto que no existe la posibilidad de zanjar está realidad cognoscente del saber psicoanalítico por parte de la filosofía.

Este es, el punto de quiebre más radical puesto por Freud en lo tocante a la filosofía. El Otro que está presente desde el origen, desde la causa y la procedencia de la vida psíquica, ese Otro que es causa causante.

Nietzsche como Freud comparten una visión unificada de lo humano; ni en uno ni en otro es posible mantener un dualismo sustante al modo platónico o al modo moderno, en la versión que se entrega por parte del cartesianismo, está unidad que aparecía desde lo aparente y lo fenomenológico descansaba en el poder omnímodo de la res cogita y que se extiende hasta la proclamación de una autoconciencia negatriz en perpetuo movimiento, garante de lo absoluto, desconociendo paradójicamente la verdad que la soporta. De donde resulta que el mundo que se conoce es un engaño, una ilusión, una mascarada que para Nietzsche se reconoce en la funcionalidad arbitraria y engañosa del lenguaje.

Diríamos que la obra nietzscheana está marcada por una pasión denunciante que termina en una pasión por la verdad.

Está pasión por la verdad que precisamente pretende criticar y erradicar como momento que anuncia el advenimiento del ultrahombre se hace su propia tumba, en tanto que de nuevo Freud realizando un recorrido similar se pone en un más acá, que precisamente es el ideal nietzscheano inconsciente, en donde la verdad está puesta del lado del deseo, de un deseo como verdad del cual no se sabe desde sí y se dimensiona como el carácter revolucionario de la obra freudiana.

Por último, debemos recordar la teoría sexual infantil y la teoría pulsional como lugares en donde Freud se separa de la filosofía sin retorno alguno y con una claridad meridiana.

Schopenhauer es quizás el primero en confesar y justificar la existencia de una potencia que está por encima de la potencia racional y llevar al extremo esa existencia hasta decir que el ser humano está a expensas de ella.

Esa potencia que reconoció como la voluntad de vida está íntimamente ligada a la sexualidad, convirtiéndola en un real que recorría sin autorización al sujeto. Se presenta pues una teoría en donde la sexualidad pasa del lado del bios pero que no constituye, que no estructura al ser humano y que solo se impone en la madurez sexual; es decir, en el adulto.

Aceptemos que Freud haya conocido el postulado schopenhariano, pero éste llevará la sexualidad a la temprana edad, a la infancia para descubrir en ella la causa de los “malestares” del adulto y no simplemente una voluntad de vida que embarga al adulto.

En la perspectiva psicoanalítica el encuentro en la infancia con el evento sexual es siempre traumático y retorna gracias a la represión.

No se necesita pues de un extra en la vida humana para encontrar esa fuerza que se pone por encima de la fuerza racional. En esta misma dirección la teoría de la pulsión da cuenta y nombra eso que a lo largo de la reflexión filosófica se ha llamado de múltiples manera y que siempre se identificó con “un algo” que siempre se escapa y funda y sigue fundando las metafísicas. Además, toda preceptiva, por más pro libertaria que se denuncie, siempre quiere domeñar para mantener al hombre del lado de la santidad.

Freud, entonces, no solo hereda la tradición filosófica sino que la lee para superarla desde su propias producciones, para separarse y fundar desde su descubrimiento un saber que rehabilita a la propia filosofía para un renovado preguntarse y cuestionarse desde las antípodas de su saber que sabe de lo humano en sí y para sí, que sabe del dolor y de las verdades ignoradas y pretendidamente olvidadas por el poder de su egotismo razonante.

Freud da a la filosofía que pensar y, en esa medida, debemos reconocer que pone el límite en un más allá que se alza como reto e invitación a la filosofía del por-venir a hacer del deseo su verdad y del inconsciente su principio.



Juan Manuel Uribe Cano

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