miércoles, 3 de abril de 2013
¿ Qué se espera del análisis y del psiconalista?
Hay una cosa que me interroga y que al principio de mi práctica me sorprendió mucho, es el hecho de constatar que algunos sujetos temen mucho lo que piensan que podrían descubrir en un análisis. Al principio de mi práctica, debo decir, que eso me sorprendía mucho. Yo suponía que descubrir era una ganancia, pero con el tiempo entendí que uno debía tener cuidado, porque quizás, el inconsciente del sujeto le puede dar la intuición de que lo que va a descubrir no es tan placentero.
Voy a tomar el problema del lado del analista. Creo que desde el punto de vista ético, podríamos hacer una definición bastante inquietante de lo que promete el psicoanálisis, ¿Por qué? porque en realidad si comprendemos bien lo que llamamos, el acto analítico, podemos decir que hay una violencia del acto analítico (…) Quiero desarrollar un poco este tema, porque creo que es necesario que los analistas tomen la medida de esto. ¿Cómo se presenta la violencia del acto analítico a la entrada del análisis? Recibimos un sujeto que sufre, en todos los casos. Nunca vemos entrar en análisis a un sujeto que no sufre. Siempre se trata de alguien que sufre lo suficiente como para pensar que no puede continuar así y que debe corregir algo, hacer un esfuerzo para corregir algo. Un sujeto que sufre y que padece de cosas sobre las cuales él no puede hacer nada. Puede llegar sufriendo de cosas que se le imponen, o del lado de la inhibición –aquel que quiere hacer alguna cosa y no lo logra–, o bien al contrario, del lado de la compulsión –aquel que padece de cosas que no quiere hacer pero que no puede no hacer–.
Entonces, recibimos a este sujeto que padece de algo, que lleva una carga sobre sus espaldas. Hay una posición, un axioma casi, en el dispositivo que fue inventado por Freud, no por Lacan, por el que todo el dispositivo le devuelve un mensaje implícito: “tú eres responsable”. En efecto, un sujeto que llega y que padece de algo que percibe él mismo como extranjero, extraño, ajeno a él mismo... Freud al principio le invita a hablar, lo que significa: vamos a encontrar la causa en ti mismo. Y es verdad que esto es violento, es algo que va totalmente a contrapelo de la espera, de cuidado del analizante.
Entonces, a este sujeto que sufre lo cargamos además, del peso de responder. Lo cargamos implícitamente en el dispositivo, –por supuesto no le vamos a decir cuando llega “eres responsable” porque si no se escaparía– (…) Lo que llamo la violencia del acto a la entrada... algunos sujetos la perciben y no entran, pero generalmente no se percibe; y creo que no se percibe porque se encuentra encubierta por la transferencia.
La transferencia, precisamente introduce al paciente en una cierta ilusión, en una cierta espera. Voy a precisar lo que defino como ilusión, no se trata de la eficacia de la transferencia –está claro que sin ella no habría análisis–, sino de la transferencia en tanto ella introduce al paciente generalmente al principio, a la idea de ser cuidado, de ser tomado en cuenta. ¿Cuál es quizás la mejor manera de cuidar a un sujeto? Tomarlo en cuenta. Esto es un efecto casi automático. Al principio, basta escuchar a alguien –escuchar digo ¿eh?, no dialogar–, es decir acoger su palabra, lo que pueda decir, lo que sea. Basta esta acogida para que el sujeto se perciba cuidado, a veces el paciente percibe que ha llegado como dicen algunos, “a su lugar”, “finalmente llego a mi lugar”, “finalmente” se escucha decir... al principio del análisis.
Allí podemos leer el efecto de enamoramiento de la entrada. Freud decía que hay una razón estructural que nos permite entender el enamoramiento de la entrada en análisis. Hay un enamoramiento de entrada porque el sujeto tiene la idea de que el analista le da un espacio que no se encuentra en ninguna parte en la vida, ninguna (…)
En el encuadre de la relación amorosa se intenta desarrollar una cierta circulación de palabra, pero sabemos bien que cada uno habla su idioma, un idioma sin traducción, un idioma, finalmente, del fantasma de cada uno, de los dos, y no necesita mucho tiempo la relación amorosa para que cada uno empiece a sospechar que habla solo... que el otro a pesar de sus esfuerzos, no lo ve, no lo entiende; o no la ve, no la entiende. Lo que digo produce risas, pero no es gracioso, más bien es patético.
No es una exageración decir que sólo en el dispositivo analítico se da el espacio a un sujeto para que desarrolle su palabra. No va más allá…digo que no va más allá, porque el amor de transferencia del principio disimula el hecho que en el análisis ¡más que en otra parte!, el que escucha no escucha lo que el sujeto quiere decir.
Es decir que hay algo del engaño bajo el encanto de la transferencia. El que escucha, el analista, escucha con la perspectiva de interpretación. Es decir, una perspectiva que intenta captar, cernir, lo que el sujeto mismo no sabe que dice, no sabe qué significa, y quizás no quiere significar tampoco. En el transcurso del análisis encontramos muchas veces, pacientes que pueden decir: ¡pero usted no me entiende!
Hay un hiato entre la intención de la palabra del analizante y la intención de la interpretación. Esto constituye otra forma de la violencia del dispositivo analítico; es decir más empuje a contrapelo si se trata de un análisis. ¿A qué apunta la posición interpretativa? Hay muchas fórmulas en la historia del psicoanálisis, y lo podemos formular de diversas maneras, podemos decir como decía Freud: revelar el inconsciente, la interpretación apunta a revelar el inconsciente, lo que el paciente no sabe.
Entonces, eso también genera una cierta violencia que los sujetos experimentan más o menos según cada uno. Es violento empujar, casi obligar a alguien que no quiere saber... a saber. Y eso no es una sugestión del discurso común, es un efecto que intentamos producir realmente.
Es por eso que Lacan habla –y es algo sorprendente– del horror del acto analítico, del horror frío del discurso analítico. Puede parecer sorprendente, sobre todo cuando hay un gran entusiasmo por el psicoanálisis.
Creo que aquí hay un gran entusiasmo por el psicoanálisis, más que en la vieja Europa. Recuerdo un colega que me decía: “No entiendo qué quiere decir con el horror frío del acto analítico.”
Se necesita un tiempo de práctica, el analista que empieza no lo percibe todavía. Porque el psicoanalista que empieza está tomado en su preocupación para hacer bien lo que debe hacer un analista, y para verificar que lo puede hacer... se encanta todavía con los efectos terapéuticos y se maravilla en verificar que lo que funcionó para él, funciona en otro... que hay producción, desciframiento de formación del inconsciente, producción del inconsciente. Entonces, al principio hay algo que quizás disimula... 10 años después, 20, 30 o 40 años después… se percibe otra cosa.
Se percibe donde empuja el dispositivo. Y es así que entiendo la expresión tan fuerte: “el horror del acto”. Lacan mismo la comentó y es así que la podemos entender, hablando del hecho que cada sujeto en un análisis debe haber –lo dice así, traduzco– cernido su horror propio de la castración. No el horror general, sino su horror propio, es decir, como para él, en su singularidad de ser hablante, se presentan la castración y la exigencia indomable de goce. Aquí utiliza la frase: “su horror propio”, y considera que haber cernido este punto es una condición para producir un analista.
Ahora por supuesto, voy a continuar hablando de lo inquietante del discurso analítico. Por supuesto, el análisis genera una violencia, para obtener algo, y es por eso que creo que el problema del final del análisis, –no en el sentido sólo del momento en el cual se detiene el proceso, sino en el sentido del resultado para el sujeto– es algo capital para todos los analistas.
¿Por qué ejercemos esta violencia del acto analítico? Tenemos firmes razones, pero que quizás no se perciben antes del final verdadero. Creo que se trata del hecho que el acto analítico es el único acto, –después podemos examinar los tipos de acto que existen– del cual el beneficio no va al agente del acto. El beneficio del acto es para el analizante, no para el analista, para el analizante que logra su identidad, lo digo así, su identidad de separación. Al analista que ha trabajado a contrapelo, y para eso se necesita un deseo específico para hacerlo, al final nada le vuelve del beneficio del acto. El beneficio es para el analizante (…) Entonces digo que, dejando de lado los productores de la teoría, realmente, en cuanto al acto analítico, el agente del acto, el analista cualquiera, es un analista anónimo. No anónimo para sus pacientes, pero anónimo en el sentido de que el beneficio del acto va del otro lado, del lado del analizante. Por eso hay una frase de Lacan realmente interesante: “El ruido... –quiere decir, el ruido mediático–, el ruido no conviene al nombre del analista”. Creo que apuntaba a este punto, un analista puede ser totalmente un desconocido salvo en los ambientes profesionales, incluso muchos pueden no producir libros, charlas, etcétera, y ser buenos analistas en el acto.
Entiendo al analista como el desecho de la operación, en tanto ese beneficio no se devuelve del lado de su nombre.
Y en realidad creo que eso, quizás, es algo más insoportable ahora que 50 años atrás, o 100 años atrás. Quiero decir, más insoportable en el régimen del discurso capitalista actual. Porque no debemos olvidar –cuando hablamos del sujeto postmoderno, cuando hablamos de las nuevas características de los sujetos que vienen a pedir un análisis– que los analistas pertenecen, al conjunto del discurso capitalista; y que caen de la misma manera, bajo la presión de los valores del discurso capitalista, y los valores del discurso capitalista... los conocemos: ¡Éxito en todo! Éxito profesional, amoroso, familiar, competitividad, lucha para mostrarse, lograr aparecer en las pantallas de televisión, en los medios; etcétera. Hay un empuje, un cierto sí mismo individualista. Y los analistas están bajo el mismo empuje, quizás eso explique un poco su propensión actual –que no existía hace 50 años atrás– a aparecer en todos los periódicos, la televisión y los medios para hacerse conocer fuera del ambiente del acto analítico. Me lo explico así, porque realmente no se ve bien el beneficio para el análisis, el beneficio para el discurso analítico de la publicidad mediática, incluso introduce confusión. Creo que el beneficio no es para el psicoanálisis. Me pregunto, al menos, que sería sin los analistas que intentan compensar un poco el rigor del acto analítico para soportarlo en un tiempo donde vivimos en un discurso sin trascendencia, es decir, un discurso que no promete nada que sobrepase los objetivos individuales. Un siglo atrás no era así. Un siglo atrás hubo grandes causas colectivas, se prometía la Revolución, se prometía el hombre nuevo. Bueno, al final... no fue un éxito pero las subjetividades eran llevadas por grandes esperanzas que sobrepasaban los intereses individuales, podemos pensar que era una gran ilusión quizás, pero sin embargo, la gran ilusión llevaba a los sujetos. Hubo otras épocas donde era la religión que llevaba a los sujetos con objetivos, perspectivas, no reducidas al sí mismo individual.
Ahora, el discurso analítico no puede más que llevar a cada uno a ocuparse lo mejor posible de sus cosas, como dicen los analizantes: “A cada uno sus cosas”.
Soportar el rigor del acto analítico en este ambiente del discurso, me parece, realmente bastante difícil, y entonces, cuando pienso en el porvenir del psicoanálisis, considero que no pasa por la amenaza de ver desaparecer los analizantes. Creo que la amenaza más grande sería ver desaparecer a los sujetos que quieren sostener el acto analítico tal como es: con su rigor en nuestro tiempo.
Y creo que si hay analistas, es decir si hay todavía sujetos que quieren, que aceptan esta predicación... analizantes habrá. Porque la transferencia tiene su razón fundamental en la estructura del lenguaje y en la existencia del analista.
Colette Soler,extraido del libro ¿ Qué se espera del análisis y del psiconalista?
sábado, 6 de agosto de 2011
Una reinvención singular del psicoanálisis*. Margarita Alvarez (Barcelona)
El título de este seminario, que toma a su vez el del próximo Congreso de la AMP, parte de una afirmación cuya fórmula, “El orden simbólico ya no es lo que era”, señala un rebajamiento, una degradación del orden simbólico, para plantear seguidamente una pregunta sobre las consecuencias que esto tiene para la cura analítica. Esta pregunta implica el reconocimiento de una relación entre el orden simbólico y sus vicisitudes por un lado y la cura, por otro. Voy a tomar brevemente esta relación de manera muy concisa en la llamada primera y última enseñanza de Lacan, para tratar de responder después a la pregunta.
Del Otro al significante de la falta en el Otro
La relación entre el orden simbólico y la cura analítica está en el fundamento mismo del descubrimiento freudiano, si bien fue un lector de Freud no psicoanalista, Lévi-Strauss, quien, en 1949, se preguntó por qué la cura analítica resolvía el síntoma mediante la palabra y trató de fundamentarlo con la ayuda de la lingüística estructural. En su artículo “La eficacia simbólica” planteó que el síntoma analítico es una alteración (debido a la acción represiva de la censura sobre el deseo) del mundo simbólico del sujeto, cuyo sentido y su resolución requiere que el sujeto, a través de la transferencia con el analista, pueda reordenar su relación con el símbolo, relación que funda el mundo humano.(1)
La intervención de ese Otro es eficaz, dice Lévi-Strauss, porque tanto el instrumento con el que interviene, como el síntoma, son de naturaleza simbólica.
Estas tesis de la “La eficacia simbólica” repercutieron en el retorno a los textos de Freud que Lacan promovió durante la década de los 50, armado del concepto de estructura simbólica, y se leen con claridad en “Función y campo de la palabra…”,(2) texto fundador de la enseñanza de Lacan.
Resumiendo, el analista tiene en dicho escrito la función de garantizar la relación simbólica del sujeto con el Otro, para que a través de la palabra, de la construcción del relato de su historia, el sujeto pueda atravesar el eje imaginario y descifrar el sentido reprimido de su síntoma, antes enigmático, para poder asumir su historia, es decir, subjetivarla. Este proceso es del orden de la experiencia, simbólica, y, en cuanto tal, necesita su tiempo.
En esta teorización, vemos ponerse en serie en la experiencia analítica términos como el sujeto, el Otro simbólico, la palabra, el relato, la historia, el enigma, el descifrado, el sentido, el tiempo… El analista no puede manipular ni forzar la experiencia solo preservar sus coordenadas estructurales para que el sujeto pueda hacerla. Pero éste debe consentir a ello. Solo así el sujeto podría darse la palabra justa que levanta el síntoma y pone al sujeto en relación con su deseo inconsciente. La cura solo viene por añadidura, a resultas de esa experiencia: en tanto la realización del símbolo resuelve el síntoma, podemos decir que un análisis es terapéutico(3).
La introducción del concepto de goce y del matema del significante de la falta en el Otro, S(A/), marcarán el final de la dominancia de lo simbólico en psicoanálisis, al idilio entre ambos(4). En 1960,(5) Lacan plantea que si bien todo es estructura no todo es significante: hay el goce, no hay un significante en el Otro simbólico para nombrarlo, lo cual afecta a su regulación. La insuficiencia de lo simbólico para recubrir el campo del goce, y regularlo, introduce una devaluación de lo simbólico que se irá acentuando progresivamente en la enseñanza de Lacan, en la medida misma que la orientación del psicoanálisis hacia lo real se vuelve prevalente en la teoría y la clínica. El matema S(A/) señala un agujero en lo simbólico, una falla por la que mana el goce. No se trata tanto ya de buscar el sentido del síntoma sino de saber cómo hacer con el goce y su sinsentido. La dificultad teórica y clínica es cómo operar con la palabra sobre algo que no está simbolizado y, por tanto, no puede descifrarse.
El Otro inicia ahí una lenta andadura teórica que llevará a Lacan a plantear que “no hay relación sexual”, “hay el goce” en los años 70; en las fórmulas de la sexuación abordará los modos de goce con una nueva reformulación del Otro en términos de existencia e inexistencia lógica(6). Cada una de las figuras que de ahí resulta introduce una regulación distinta del goce, del lado del “todo” o del “notodo” lógico. Resumiendo: existe un Otro de la excepción que enunciaría la ley pero no tendría que someterse a ella, o no existe(7). En el primer caso, hay un límite claro, en el segundo no; sería una limitación más desregulada.
Psicoanálisis sólido, psicoanálisis líquido
Pensar al Otro en términos lógicos permite pensar al Otro no como un lugar en la estructura sino como una construcción que el sujeto necesita para regular el propio goce. No se trata sólo de si en un estado u otro de la civilización había un Otro que se regía por el modelo de la existencia lógica ni de si ha cambiado el régimen del Otro en la civilización: el Otro existe cuando el sujeto cree en él. La existencia del Otro es una cuestión de creencia. Y podemos definir la época de la inexistencia del Otro, que según Lacan es la nuestra, como aquella época en que ya no se cree en su existencia. Y así tenemos la incredulidad contemporánea y sus consecuencias de devaluación del Otro. ¿Qué mayor devaluación que reducir al gran Otro a una cuestión de creencia? La no creencia contemporánea tiñe de relativismo cualquier valor que toca. Y como resultado de ello, tenemos el declive del padre, de la autoridad, la ley y el pacto, la confianza en la palabra y el valor del relato, la desvalorización y el desinterés por la historia, la pérdida de la dimensión temporal a favor de la inmediatez y la instantaneidad, el desprecio o el olvido de la tradición, la degradación del saber, el desinterés por el enigma y su descifrado, la pérdida de la dimensión de la experiencia en la vida, el relativismo de la verdad…
Todos los términos que encontrábamos alineados en la primera enseñanza de Lacan en relación a la experiencia analítica aparecen ahora devaluados. Entonces, ¿qué pasa con ella? ¿Hay aún las condiciones necesarias para hablar de experiencia analítica? El término “experiencia analítica” también ha cambiado al dejar de teorizarse el psicoanálisis como una experiencia de lo simbólico y pasarlo a pensar como una experiencia de lo real.
¿Qué consecuencias para la cura analítica?
En su curso Tout le monde est fou(8), Miller retoma el término “líquido” con el que Bauman califica la sociedad actual,(9) para introducir la diferencia entre el psicoanálisis sólido y el psicoanálisis líquido. El primero correspondería a la época de la creencia del psicoanálisis en la existencia del Otro y el segundo a la época de no creencia en ella. El psicoanálisis sólido remitiría a la clínica estructural mientras que el psicoanálisis líquido, el psicoanálisis contemporáneo, requeriría de la clínica del nudo.
Se impone entonces el pasaje de una clínica a otra: de una clínica del Padre a una clínica del goce, de una clínica de lo simbólico, a una clínica de lo real, de una clínica del sujeto en su relación con el Otro simbólico a una clínica del sujeto en su relación con el cuerpo como lugar del goce, es decir del acontecimiento de cuerpo, de una clínica de la solución síntomática a una clínica del sinthome como incurable.
Esto es lo que nos enseña el pase: el Otro fantasmático es una construcción que funciona según el modo de regulación de la existencia del Otro. Pero cuando este Otro cae, el sujeto descubre que ese Otro se construye en el encuentro con el goce, o lo que es lo mismo con S (A/), es decir, con la insuficiencia de lo simbólico para nombrar, para regular el goce. Entonces no basta con que ese Otro caiga, el final de análisis no coincide con el atravesamiento del fantasma, con la caída de la solución fantasmática, porque ahí se acaba un modo de funcionamiento según la lógica del Todo, final que deja un resto, y se abre la posibilidad de hacer otra cosa con el goce, de construir algo distinto, una solución sinthomática, del lado del notodo. No se trata del determinismo sino de la contingencia del encuentro.
El pase también fluidifica el psicoanálisis –afirma Miller en el curso citado. Y la inexistencia del Otro y el psicoanálisis líquido repercuten sobre la práctica del analista y exigen que cada uno aporte su respuesta singular al psicoanálisis, que encuentre su propia manera de inventarlo y reinventarlo en cada caso, “sin ningún fatalismo”.(10)
* Presentación en el Seminario de la Escuela: El orden simbólico en el siglo XXI ya no es lo que era: ¿Qué consecuencias para la cura? Barcelona, 7 de mayo de 2011.
Bibliografía
1. C. Lévi-Strauss. “La eficacia simbólica” (1949). En: Antropología estructural. Buenos Aires: Paidós
2. J. Lacan. “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis” (1953). En: Escritos, vol. 1. México: Siglo XXI Editores
3. J. Lacan. “Variantes de la cura tipo” (1955). En: Escritos, vol. 1, op. cit.
4. J. Lacan “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano” (1960). En: Escritos, vol. 2. México: Siglo XXI Editores, 1984.
5. J. Lacan. El Seminario, libro VII: La ética del psicoanálisis (1959-1960). Buenos Aires: Paidós, 1988.
6. J. Lacan. El Seminario, libro XX: Aún (1972-1973). Buenos Aires: Paidós, 1975.
7. Lacan construye la inexistencia del Otro en los años 70, en las fórmulas de la sexuación, que escriben la posición femenina y masculina frente al goce y, asimismo, la existencia lógica del Otro del lado masculino de las fórmulas y su inexistencia del lado femenino. Miller sustituye el argumento fálico de dichas fórmulas para aplicarlas a lo social. Ver: M. Álvarez: “Jacques Lacan, Dios y el goce femenino”. En: El psicoanálisis 7. Barcelona: ELP, 2004.
8. J.-A. Miller. Tout le monde es fou. Curso de la Orientación lacaniana 2007-2008. Departamento de Psicoanálisis Universidad Paris VIII. Inédito, clases 6-11 (enero-marzo).
9. Z. Bauman. Modernidad líquida. Buenos Aires: FCE, 2005.
10. J.-A. Miller. Tout le monde es fou, op. cit., clase 8ª, 30.1.2008.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Sobre el deseo de inserción y otros temas
LA LÓGICA DEL FANTASMA
LA LÓGICA DEL FANTASMA: TOMAR EN SERIO LO QUE OCURRE EN NUESTRA VIDA DE TODOS LOS DÍAS.
Mónica Marciano
(*) Jornadas Aniversario "30 años de Escuela (1974-2004)". Escuela Freudiana de Buenos Aires. 1, 2, 3 y 4 de Julio de 2004.
Mis ojos ya no ven / Mis ojos no son más que vacío y fuego (Dmitri Shostakovich)
"Lady Macbeth de Mtsensk" (Acto II, cuadro V)
Feliz ocasión la de estas jornadas, festejar los 30 años de nuestra valiosa y pujante Escuela. A modo de homenaje, les propongo trabajar algunos recortes de un texto tan opaco como productivo: el Sem. XIV, "La Lógica del fantasma", que Lacan dictara entre fines del 66 y mediados del 67. Quiero subrayar que lo que sigue, lleva las trazas de un sostenido trabajo de escuela, que se ha ido articulando en la interlocución, la polifonía, la lectura, la práctica … distintas modalidades en que recreamos la clínica psicoanalítica. Nombro mi deuda y mi gratitud con quienes de un modo u otro y desde distintas funciones, contribuyen al sostenimiento de esta comunidad de experiencia que promueve el crecimiento y genera posibilidades. Evoco también a quienes hoy, por diferentes motivos, ya no nos acompañan con su presencia, pero que han dejado su huella iluminadora y entrañable.
Entonces, el Sem. XIV. Puede inventarse una lógica para dar cuenta de ese territorio de difícil acceso que es el fantasma en el que confluyen el sujeto del Inconciente, el deseo, la pulsión y el goce? Lacan prueba, juega, dialoga con la topología, la lógica proposicional, la teoría de conjuntos, el número de oro, el semigrupo de Klein, toma, transforma, usa como le parece aquello que encuentra a su alcance y que puede aportar agua para su molino; y se encuentra con los límites de toda formalización, límites que empujarán la teoría y lo llevarán a intentar otras respuestas en sucesivos seminarios.
En esa complejidad, para no perder el rastro, digamos que una de las cosas que nos importa es la lógica, por su valor de escritura. Hay un sistema de reglas escriturales, el sujeto se compromete con esas reglas, o mejor, esas reglas lo comprometen al sujeto. Todo lo que se deduzca de esos términos, lo obliga a una interpretación, a otorgarle un valor de verdad. Entonces, no sólo se escribe en qué logica algo es dicho, sino también se escribe su límite. Lacan subraya el tomar en serio lo que no puede decirse pero puede escribirse.
Cito a Carlos Ruiz: "Averiguar qué quiere decir tomarse las cosas en serio, es seguir las huellas de las relaciones entre estructura y escritura, en particular precisar lo que se entiende por escritura: una escritura se establece cuando una convención de lectura permite leer en ciertas marcas, algo de la estructura" ("Estructura y escritura en Psicoanálisis")
Sirviéndose de nuevos recursos Lacan vuelve a una fórmula que es anterior a este seminario, la formula que él propone para el fantasma, y aquí intenta precisar, partiendo de la repetición, la relación entre el sujeto dividido, desprendido del campo del Otro como efecto del significante y lo que se produce en ese mismo movimiento, pero que es heterogéneo, el objeto a. Es decir que reintroduce lo que los lógicos dejan afuera: el problema del sujeto, supuesto por el Psicoanalisis, y el problema del cuerpo.
Para pensar la existencia lógica del sujeto del Inconciente como efecto de discurso en el dispositivo analítico, apelamos a un grupo de operaciones que se cumplen, como anticipamos, a partir de la repetición, condición de posibilidad ofertada por la estructura misma del lenguaje. En un primer salto cualitativo, se produce la elección forzosa que instala el ser. Esta primera alienación escribe un trazo en lo real, que rechaza al sujeto por venir, instaurando un ser en falta: hay lenguaje, pero no hay universo de discurso que diga por completo que objeto es el sujeto para el Otro. Es este un tiempo prehistórico, inhibitorio, de primacía del fantasma del Otro y de la letra.
Tenemos que considerar que, tratándose del hablante, el lenguaje no se limita a un mero automatismo combinatorio. La repetición, es repetición de la demanda. La demanda toca la carne y hace de la materia, cuerpo traumatizado por la exigencia pulsional que se quema en una exitación sin descanso, superficie de inscripción, cifrado de goce.
Entiendo que el objeto a, también llamado plus de goce, articulado al sujeto dividido a través del losange de la fórmula del fantasma, escribe -otra vez la escritura- lo que no puede decirse de ese cuerpo pero que le es propio. Lo que excede la causa de deseo, lo que excede las distintas especies de objeto que conocemos: seno, heces, mirada, voz, reguladas en ecuación, lo que excede los intercambios y es incompartible. El cuerpo para el Psicoanalisis, no es sólo sustancia extensa, es sustancia gozante.
Cito a Lacan:
" Decir que no hay goce sino del cuerpo, esto les rehusa los goces eternos. Está ahí lo que llamé valor ético del materialismo: tomar en serio lo que ocurre en nuestra vida de todos los días. Si hay una cuestión de goce, mirarlo cara a cara, y no mandarlo a las mañanas que cantan. No hay goce sino del cuerpo, esto responde muy precisamente a la exigencia de verdad que hay en el freudismo" ( Sem XIV, clase 31/5/67 )
No hay goce sino del cuerpo, de ese cuerpo bordeado por la deriva pulsional. Es lo mismo decir goce y decir pulsión? Sabemos de su cercanía; aporta a la clínica pensar sus diferencias. La pulsión es un concepto que ubica las transformaciones que se producen en el viviente por efecto de la demanda, aquello que en rigor hace un cuerpo, el cuerpo que el hablante no es: tiene ese cuerpo tan propio, tan ajeno, que también es Otro, es otra modalidad del Otro, con mayúsculas. El sujeto se desvanece frente a la demanda, su realización es imposible, su satisfacción es imposible: queda la insistencia de un recorrido, que en tanto es trama de lenguaje, repite e historiza ese fracaso. De ese recorrido queda un saldo, mudo: es el goce. Ello, sede de la pulsión, habla. El goce, no. Como la frase del epígrafe, de la inquietante ópera de Shostakovich: el goce es evocado allí, en esos ojos que no ven, que son vacío y fuego.
Hablamos antes de una primera operación en lo relativo a la causación del sujeto, aquella relativa al ser. Es tiempo de ocuparnos de un segundo movimiento, porque como dice Lacan, los goces no son eternos ni se tramitan en la esperanza de las mañanas que cantan. Quedará para otra oportunidad interrogar el paso teórico que lleva del goce a los goces distinguidos y especificados según el anudamiento borromeo de Real, Simbólico e Imaginario.
El planteo que hace aquí Lacan esclarece la clínica y renueva el entusiasmo que nuestra práctica nos produce. Es menester una segunda vuelta para que el acto complete su recorrido y del corte se desprendan el sujeto dividido y el a. Esa nueva alienación implica apostar al pensamiento en tanto asociación libre, correlato de un pensamiento sin "Je", dice Lacan. Si la apuesta se sostiene, el lenguaje se ordena en discurso, por la transferencia y en tanto el analista se presta al lugar del semblante esa apariencia. Entonces, por acción de la palabra, algo de ese goce, silencioso, extranjero y desértico, puede ser parcialmente rechazado, puede ser traducido para volver a alcanzarlo, transmutado, de goce sin deseo a territorio en el que se desplaza el gusano de la causa.
Es por lo que se dice en un análisis que el rechazo del ser se efectiviza y alcanza su enorme productividad. Esa productividad se sostiene en el fantasma, y su máxima expresión, es, paradojalmente, su atravesamiento, el poder ir mas allá de esa ficción modulada para el Otro.
El axioma fantasmático no es una verdad mas verdadera : es aquella argumentación sobre la cual el sujeto ha decidido, sin saber que ha decidido perder en lo que eligió. El fantasma responde donde sólo hay vacío, enmarca, viste y el sujeto es responsable de la lectura que conlleva. En tanto el hablante hace su juego, alcanza, por vía de una elección imposible, lo que el pensamiento inconciente aporta El goce se descifra: ese es el efecto de la ley y de la castración. En la apertura a las formaciones del Inconciente, la retórica trastoca los sentidos pre-establecidos tramitando lo que habrá sido cantidad traumática a través de un recorrido de múltiples y complejas ligaduras, de sucesivas pérdidas efecto de la lectura a la letra.
Concluyo con un brevísimo recorte clínico: Una joven de 20 y pico consulta, entre otras cosas porque no puede "dejar de comer porquerías. Lo que como me revienta, me envenena. Por qué no puedo decir este es mi plato, esto me viene bien? " En una vuelta de su análisis insiste en que su madre, gastronómica, la obligó a hacer la carrera de cheff para jerarquizar la pequeña empresa familiar y ser su sostén en la vejez. Dice: "Le dí el título, pero jamás toqué una cuchara. Me dedico a otras cosas" Despues de un largo silencio, continúa: "A mis suegros les gusta que cocine, pobres viejos!. Me pidieron que haga … pucheros" Una carcajada sanciona el lapsus. Cuando puede parar de reírse, agrega: "Puchero! Les cociné puchero! A mi que me embola! Es que después me dicen qué linda la nena, cómo cocina, y eso me encanta!"
Junto con la sorpresa y el desconcierto, la risa descifra el goce que está más alla del sentido. Gracias a la letra, que se escribe en lo que se lee, la palabra toma cuerpo y el encantamiento se rompe: ni la nena que hace pucheros y traga porquerías que la envenenan, ni la linda que, cocinando, se ocupa de que los viejos puchereen. Habrá que volver a elegir, reescribir la carta. La pregunta le retorna: qué plato le apetece? Entre el sujeto y el Otro, la hiancia irreductible que hace imposible la reciprocidad. Circularidad y torción en el retorno, el pincel del análisis delinea un borde en el que se superponen dos carencias.
Lo logrado de lo fallido le procura un lugar al sujeto en lo que del lenguaje se ordena en discurso y compromete radicalmente al cuerpo. Será en la vida de todos los días donde las operaciones producidas y leídas en un análisis alcancen su eficacia.. Esas transformaciones dirán si el goce se ha mirado cara a cara, si se ha tocado en su economía , permitiendo su redistribución.
El Fantasma
por Mabel Fuentes
I. ¿Fantasía o fantasma? Consideraciones terminológicas
En el idioma castellano corriente la palabra fantasía es usada para referirse a la actividad psíquica de la imaginación y a sus producciones (facultad de evocar imágenes, es decir, rastros de impresiones sensoriales, de inventar, crear o concebir). Está vinculada a la ilusión como error producido por la esperanza -poco fundada en lo real- respecto al cumplimiento de un deseo. También es considerada una idea falsa, referida a temores o suposiciones, que existen en la mente, pero no en el mundo.
La palabra fantasma es usada para indicar la aparición con forma de ser real de algo imaginado o de un ser inmaterial, por ejemplo, el alma de un difunto. También a la persona disfrazada o al espantajo usados para simular la aparición de un espectro.
El término alemán Phantasie, en su uso coloquial, es semejante a lo que en castellano entendemos por fantasía. Para referirse a lo que en castellano entendemos como fantasma disponen del término Phantom. En la obra de Freud, la palabra Phantasie adquirió connotaciones conceptuales diversas (véase II).
En el idioma inglés, phantasy o fantasy responden al concepto de imaginación, fantasía, ensueño. En tanto disponen del término ghost para indicar fantasma, aparecido, espectro. Susan Isaacs (autora kleiniana) propuso en "Naturaleza y función de la fantasía" (1948) usar "fantasy" para los sueños diurnos y "phantasy" para el contenido primario de los procesos mentales inconscientes. Para los autores kleinianos, la noción de fantasía desempeña un lugar fundamental en la teoría. "Las fantasías son, en primer lugar, los representantes psíquicos de instintos libidinales y destructivos [...] se elaboran también como defensas y como realizaciones de deseos y contenidos de ansiedad" (14).
En la lengua francesa, "fantasme" se corresponde con nuestro español "fantasía": "producción de la imaginación por la cual el yo busca escaparse de la influencia de la realidad" (27), en tanto "fantôme" designa al fantasma como espectro. Lacan usa el término fantasme tanto para referirse a la palabra castellana "fantasía" en su uso coloquial, como para designar el concepto freudiano de fantasía, así como también para nombrar la noción nueva que introduce, y que en castellano usamos los psicoanalistas como "fantasma fundamental". Probablemente la preferencia de los autores lacanianos por el uso de la palabra fantasma se deba a la influencia recibida por la traducción al castellano delDiccionario de psicoanálisis de J. Laplanche y J.-B. Pontalis (15).
Este concepto de Lacan figura, sin embargo, traducido en los Escritos en ocasiones como fantasía y otras veces como fantasma.
II. La noción de fantasía en la obra de Freud
En el apartado del libro de los sueños referido a la elaboración onírica secundaria (Capítulo VI), Freud menciona el papel de las fantasías o sueños diurnos como escalón preliminar de los síntomas histéricos agregando que "[...] además de tales fantasías conscientes existen otras -numerosísimas- que por su contenido y procedencia de material reprimido tienen que permanecer inconscientes".
Freud resalta el término "sueños diurnos" aplicado a las fantasías diurnas conscientes, ya que tienen en común con los sueños el ser realizaciones de deseos: "[...] tienen en gran parte como base las impresiones provocadas por sucesos infantiles y sus creaciones gozan de cierta benevolencia de la censura" (1). La elaboración secundaria del sueño intenta constituir con el material onírico algo como una fantasía diurna. Cuando dicha fantasía se encuentra constituida de antemano y guarda relación con las ideas latentes del sueño, pasa con facilidad al contenido manifiesto del mismo. "Existen pues sueños que no consisten sino en la repetición de una fantasía diurna que ha permanecido, quizás inconsciente" (1).
En "Los dos principios del funcionamiento mental" (1910-11), Freud plantea las relaciones de la fantasía con la realidad. La sustitución del principio de placer por el principio de realidad que allí propone, deja libre de confrontación una actividad mental a la que se le permite regirse únicamente por el principio de placer: "Esta actividad es el fantasear, que se inicia en los juegos infantiles, para continuarse posteriormente como sueños diurnos [...]" (2).
Estos sueños diurnos pueden ser conscientes o inconscientes, y son susceptibles de originar tanto sueños nocturnos como síntomas neuróticos. También intervienen en la producción artística: "[...] el poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad [...] mucho de lo que, siendo real, no podría procurar placer ninguno puede procurarlo como juego de la fantasía [...]" (3), tanto para el poeta como para su auditorio.
Las mociones pulsionales insatisfechas son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y "cada fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la realidad insatisfactoria". "[...] la poesía, como el sueño diurno, es la continuación y el sustitutivo de los juegos infantiles" (3). Son estados psíquicos preliminares de los síntomas neuróticos.
Resumiendo, desde Freud, la fantasía es una actividad psíquica presente en la vida corriente (juego de los niños, ensueños diurnos, elaboración secundaria del sueño, creatividad en el artista, disfrute de las producciones del arte) que puede en determinadas condiciones generar síntomas neuróticos, constituyendo un estadio preliminar de los mismos.
Tales condiciones a veces son cuantitativas (su exacerbación) y otras veces están relacionadas con la relación de la fantasía correspondiente con los sistemas inconsciente y preconsciente: "Las fantasías inconscientes, o lo han sido siempre, habiendo tenido su origen en lo inconsciente, o, lo que es más frecuente, fueron un día fantasías conscientes, sueños diurnos, y han sido luego intencionadamente olvidadas, relegadas a lo inconsciente por la 'represión' [...] la fantasía inconsciente integra una importantísima relación con la vida sexual del individuo, pues es idéntica a la que él mismo empleó como base de la satisfacción sexual, en un período de masturbación" (7). El contenido de las fantasías inconscientes en los neuróticos es similar a las situaciones creadas por los perversos para su satisfacción sexual en la realidad.
Como vemos, la fantasía desempeña un papel importante en la masturbación del niño y del adulto. En su artículo "Pegan a un niño" (1919), Freud desarrolla ampliamente estas cuestiones. Allí se despliega esta frase -que describe una escena imaginada como soporte de la satisfacción masturbatoria- y se examinan sus relaciones con el sadismo y el masoquismo, el complejo de Edipo y las cuestiones de la ubicación del sujeto en esa escena. Freud analiza esta fantasía -que en última instancia esta referida al deseo de recibir una satisfacción sexual y amorosa por parte del padre- a través de una serie de sustituciones de los personajes (del soñante y del padre) y una serie de inversiones gramaticales que recuerdan las propuestas en "Pulsiones y destinos de pulsión" (1915), revelando que la frase que describe la escena que acompaña al onanismo: "pegan a un niño", tan enigmática al principio, está vinculada con dos pasos previos: uno, susceptible de ser recordado, "el padre pega a un niño"; el otro, inconsciente y reprimido, tiene un carácter masoquista, "yo soy pegado por el padre". Ese "ser pegado" contiene a la vez culpa y erotismo: "no es sólo el castigo de la relación genital prohibida, sino también su sustitución regresiva" (8). Esta fase intermedia reprimida e inconsciente sólo puede ser reconstruida en el análisis.
Observamos lo complejo y dificultoso de situar la noción de fantasía (Phantasie) en Freud respecto de los sistemas Cc.-Inc.-Prec. En un apartado de su artículo "Lo inconsciente" (1915), Freud nos presenta a las fantasías como ramificaciones de impulsos inconscientes, con un alto grado de organización, apenas diferenciadas de los productos del sistema Cc., pero al mismo tiempo son inconscientes e incapaces de conciencia. "Pertenecen, pues, cualitativamente, al sistema Prec.; pero efectivamente al Inc.". Son productos "mestizos". "De esta naturaleza son las fantasías de los normales y de los neuróticos, que reconocimos como fases preliminares de la formación de sueños y de síntomas".
Por último, Freud considera la existencia de protofantasías o fantasías originarias (Urphantasien). Se encuentran de modo muy general en los seres humanos y su explicación sería filogenética. Sus contenidos se refieren a la vida intrauterina, escena del coito entre los padres, castración y seducción: o sea, temas referidos a los orígenes, por lo que algunos autores prefieren considerarlos como mitos colectivos cuya universalidad está relacionada con su conexión con el complejo edípico.
III. El fantasma en la enseñanza de Lacan
Lacan usa "fantasme" (que podría traducirse por fantasía pero se tradujo más habitualmente como fantasma) tanto para referirse al concepto freudiano (cuya amplitud hemos recorrido) como para designar lo que él introduce como concepto nuevo.
Le da una fórmula matemática: $<> a (Sujeto barrado losange objeto a).
El <> (rombo o losange) indica una relación de doble implicación (implicación recíproca) entre los términos que une, es decir:
$ (Sujeto barrado) si y solamente si objeto a,
y recíprocamente:
objeto a si y solamente si $ (Sujeto barrado).
Así como en lógica de enunciados decimos “Si p entonces q”.
También el losange (<>) indica los signos (intersección) y
(unión) en teoría de conjuntos.
Lacan designa con esta fórmula la relación del sujeto del inconsciente (sujeto barrado) con el objeto causa del deseo (objeto a), indicando una relación estable del sujeto con aquello que lo causa en su deseo y, por ende, lo divide.
En este sentido (ya que el uso en plural -fantasmas- suele superponerse a las fantasías en sentido freudiano), el concepto y su fórmula correspondiente aparecen por primera vez en el grafo de la constitución del sujeto -también llamado grafo del deseo- presentado en elSeminario 5. Las formaciones del inconsciente (1957-1958). En las últimas clases de ese seminario introduce en el grafo un segundo piso. Allí aparece la fórmula del fantasma (sujeto barrado losange objeto a) como respuesta al deseo del Otro (indicado con d minúscula).
DIBUJO 1: Grafo del deseo
Referencias:
1. Cadena significante del Otro
2. Cadena significante del sujeto
3. Vector de la intención del hablante
4. Mensaje del Otro
5. Código (fórmula de la pulsión)
6. Mensaje del sujeto
7. Código (lenguaje)
$ <> a. Fórmula del fantasma
d. Deseo del Otro
m. Yo (moi)
i (a). Imagen del semejante
En el grafo, el fantasma es lo que separa el piso superior correspondiente a la cadena significante del Otro (el discurso efectivamente pronunciado por los padres) de la cadena significante del sujeto (referencias 1 y 2 en el dibujo 1).
A nivel del mensaje en la cadena significante del sujeto (referencia 6 en el dibujo 1), un significante de producción propia sustituye al significante traumático que integra la cadena significante del Otro. Esto resulta posible si en momentos instituyentes el mensaje dirigido por la madre al niño fue interdictado por la función paterna: mensaje de “no” sobre el mensaje de la madre (respecto a su deseo de tomar al niño como su falo faltante) (referencia 4 del dibujo 1)
Esta posibilidad de metaforizar, es decir, de sustituir un significante (del deseo del Otro) por otro significante (de producción propia), genera una separación entre las dos cadenas significantes (la del sujeto y la del Otro). Así, el que deviene por ello sujeto (dividido) no será más hablado “en bruto y en directo” por el Otro, sino bajo la forma de su inconsciente. “El inconsciente es el discurso del Otro”, nos indica Lacan.
La separación de ambas cadenas significantes está mantenida gracias al fantasma. Ésa es la estructura de la neurosis (tanto histérica como obsesiva). El neurótico confunde la falta en el Otro con su demanda (fórmula de la pulsión, referencia 5 del dibujo 1), ya sea sosteniendo el deseo como insatisfecho o como imposible evita la confrontación con la angustia, que en cambio se hace evidente cuando sólo está cubierta por el objeto fóbico.
El grafo del deseo, introducido en el Seminario 5, continúa su desarrollo a lo largo del Seminario 6. El deseo y su interpretación (1958-1959) y llega a su culminación en el escrito “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo” (1962)
Hasta ese momento Lacan no despliega la fórmula del fantasma (sujeto barrado losange objeto a) en los dos términos que la constituyen. Se trata de la respuesta, como tal, imaginaria, a la pregunta por el deseo del Otro, ya que el deseo del Otro es una x, un enigma permanente, deseo siempre de otra cosa. El sujeto (barrado) responde con su yo (moi) a la pregunta que se hace: ¿Che vuoi? ¿Qué me quieres? ¿Qué quieres de mí respecto a yo (moi)?
A este ¿Che vuoi? (¿Qué quieres?) Lacan lo toma de una novela de Cazotte, El diablo enamorado, evocando la relación del superyó -encarnado en la voz cavernosa del diablo- con aquel que con él pacta para obtener el cumplimiento de todos sus deseos.
La pregunta por el deseo del Otro toma ese matiz diabólico debido a la indeterminación que encierra: ¿dónde termina el deseo y empieza sugoce?
Hasta dónde la sujeción al Otro, la demanda de su amor, sostienen “el pisoteo de elefante del capricho del Otro”. “Es ese capricho […] el que introduce el fantasma de la Omnipotencia no del sujeto, sino del Otro donde se instala su demanda […] y con ese fantasma la necesidad de su refrenamiento por la Ley” (20). Ante el deseo del Otro como opaco, oscuro, el sujeto está sin recursos, indefenso: “He aquí el fundamento de lo que en análisis ha sido situado como la experiencia traumática” (17).
Es la relación del yo al otro [líneas de retorno en el dibujo 1, m- i(a)] la que pone remedio a esa indefensión situando algo como un señuelo a nivel del piso superior ($ <> a)- d. Esta relación entre los dos pisos del grafo del deseo (dibujo 1) se hace posible porque la imagen del otro i (a) permite advertir la castración a nivel imaginario: -φ. Lo que le falta a la imagen deseada (lo es debido a la investidura narcisista que recibe) será el antecedente del objeto causa del deseo: el a.
A la pregunta ¿Qué me quieres?, se pide al Otro que responda en términos de pulsión (referencia 5 en el dibujo 1). El yo (moi) toma función de objeto en el fantasma. Objeto ofrecido al deseo del Otro que acota su infinito deslizamiento metonímico, congelándolo en una respuesta tranquilizadora: “no quiere más que eso”, que sea su bomboncito, su basurita, su muñequita, su tesoro, su cruz [...] (objeto a oral, anal, mirada, voz...) [...] algo toma valor de objeto privilegiado y detiene este deslizamiento infinito… (del significante).[...] un objeto a toma en relación al sujeto este valor esencial que constituye el fantasma fundamental donde el sujeto se reconoce él mismo como detenido (fijado) en relación al objeto [...]” (19).
El “ser” del niño se aliena en una falsa respuesta, forzado por la necesidad de ocupar algún lugar en el deseo de ese Otro que viene respondiendo a sus primeras demandas y que se ha vuelto indispensable para él, más allá del plano de la necesidad.
Estática del fantasma, pariente de lo estatuario del yo (moi), de la muerte en la imagen coagulada de sí, contrapuesta al movimiento incesante del sentido en el significante. Por un lado, gramática del fantasma, por el otro retórica del inconsciente (metáfora y metonimia) en la producción del sujeto como efecto de discurso.
Como vemos, el fantasma adquiere características paradójicas, es un recurso frente al deseo del Otro y, por consiguiente, un remedio contra la angustia, y en última instancia contra un goce inconmensurable; por medio del significante fálico , ese goce se rodea, se “parlotea” alrededor de las formas del objeto a. Por otro lado, su fijeza –propia de lo imaginario- detiene el devenir, el “ir siendo”, y captura en un goce, que Lacan llamará con propiedad, goce fálico, goce del bla, bla, bla...
En estos primeros tiempos de la enseñanza de Lacan, el objeto a todavía no ha sido definido completamente. La noción que le antecede es la de objeto fálico. “Para gustarle a la madre […] basta y es suficiente con ser el falo” (16). El falo como lugar de lo que le falta a la madre, y, por lo tanto, el niño aspirará a ocupar ese lugar, tenderá a identificarse con el objeto del deseo de la madre. Para devenir sujeto del deseo es necesario haber sido desalojado de ese lugar, efecto de prohibición que hace a la función paterna y permite la puesta en marcha de la metáfora.
Nombre del Padre Deseo de la Madre
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Deseo de la Madre X
El objeto fálico que mediaba entre la madre y el niño se eleva a la categoría significante: de φ a (de fi minúscula a fi mayúscula). El falo imaginario será sustituido por el significante del Nombre del Padre (que aquí equivale al falo como significante) y el significante del deseo de la madre quedará bajo la barra, es decir reprimido, posibilitando de ahí en más todas las sustituciones, abriendo el camino de la metáfora.
Es así que el sujeto puede tomar su propia palabra a nivel del mensaje (referencia 6 en el dibujo 1)
A nivel del Edipo masculino habrá que negativizar el valor fálico del pene. El hombre tiene que renunciar al goce masturbatorio para hacer del cuerpo de una mujer (o parte del mismo) metáfora del goce perdido, goce incestuoso. Así pasa del - φ (menos fi) al objeto a. Alguna parte del cuerpo femenino pasará a representar la causa de su deseo.
Entre el desarrollo del concepto de falo como objeto φ (fi minúscula) y la noción de objeto a como causa de deseo hay interpolados dos aportes:
1) En el Seminario 7 (1959-1960), Lacan retoma la noción de das Ding: “la cosa freudiana” que se hace deseable precisamente porque está prohibida. “Das Ding” como objeto de goce es inaccesible. Este desarrollo es afín al Escrito “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano” (1960), donde Lacan indica: “La castración quiere decir que es preciso que el goce sea rechazado para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la Ley del deseo”.
2) En el Seminario 8 (1960-1961), Lacan toma la noción de agalma (extraída de El banquete de Platón) para aportar su característica parcial y misteriosa al objeto del deseo (algo en el otro que me hace amarlo). Estos matices se formalizan en elSeminario 11 (1964) con relación al lugar del objeto a en la transferencia; el analizado “dice” a su interlocutor, el analista: “Te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que tú, el objeto a minúscula, te mutilo”.
El falo como objeto empieza a colocarse gradualmente en una serie de los objetos a (sus formas) pecho, heces, mirada, voz, falo (Seminario 10). Más adelante, el falo desaparece de esta lista, subsistiendo sólo los objetos de la pulsión parcial. Objetos intermediarios entre el sujeto y el Otro, en el que tiene que constituirse como dividido (castrado o barrado)
El piso escópico de la constitución del deseo es privilegiado en el fantasma, por eso a menudo es identificado con una escena que hace marco a lo real.
Hay un primer tiempo de alienación al Otro en que la castración aparece como una falsa alternativa: o bien el objeto a queda en el campo del Otro y el sujeto queda amputado (en falta), o bien el objeto a queda en el campo del Sujeto y el Otro resulta castrado. Dos versiones de la alienación que Lacan resuelve formulando “ni lo uno, ni lo otro”. Por lo que postula la segunda operación: la separación: El Sujeto está en falta, el Otro también. El objeto a será aquello que les falta a ambos, lo que los castra. La castración, entonces, recae tanto sobre el campo del sujeto, como sobre el campo del Otro.
DIBUJO 2: Dos versiones de la alienación
DIBUJO 3: Operación de separación
El objeto a así constituido, es el objeto de la pulsión transformado en objeto causa del deseo, ése es el objeto del fantasma, lo que sostiene el deseo del sujeto, lo que lo divide, lo castra, y por ello causa al sujeto en su deseo.
Hay una relación de doble implicación:
Si $ entonces a que se escribe $ a
Si a entonces $ que se escribe a $
Por lo tanto:
$(una de las lecturas posibles del rombo o losange <>)
El objeto a tiene su soporte corporal, se trata de los aparejos del cuerpo que están “listos para suministrar” lo que el fantasma “va a llevar” (Seminario 14), que difiere de aquello con que los cuerpos pueden aparearse.
Se trata del “seno, el escíbalo, la mirada, la voz, estas piezas separables, sin embargo profundamente religadas al cuerpo” (25). Es una operación de estructura lógica, efectuada sobre el “hablante” y no sobre lo “viviente”. El modelo de estas formas del objeto a es la placenta (Seminario 10). Está en el cuerpo de la madre pero no le pertenece. Tampoco al cuerpo del niño. Es un órgano intermediario entre ambos que cae como desecho después del parto. Metáfora de la división subjetiva, división del sujeto, división del Otro, lo que resta, es el objeto a.
El fantasma es el modo en que el Otro se mantiene presente en la estructura neurótica –y al mismo tiempo intermediado-, sea como relación con la causa del deseo, sea como forma de ofrecerse al goce del Otro. Ofreciendo el yo (moi) como objeto al goce del Otro, el neurótico se preserva de confrontarse con un goce más absoluto, por ejemplo, en relación directa con su cuerpo. Es por eso que Lacan dice que el fantasma es una defensa frente al goce del Otro.
“Pues el deseo es una defensa, prohibición de rebasar un límite en el goce” (20).
Recapitulando:
1. El fantasma es la respuesta que el sujeto construye al enigma del deseo del Otro.
2. El fantasma es el sostén o soporte del deseo.
3. El fantasma es una defensa frente al goce del Otro.
4. El fantasma es aquello a través de lo cual “somos gozados” por el Otro.
Esta última posibilidad (Seminario 18) es la que determina que en la cura analítica de las neurosis el fantasma sea el eje alrededor del cual se opera la transformación del goce en deseo, angustia mediante (del goce al deseo hay un paso lógico necesario que es la angustia).
Se trata de poner en evidencia que no sólo el goce está prohibido, sino que es imposible. Hay un viraje en la posición del sujeto: pasa de estar ofrecido a través de su yo (moi) como objeto al goce del Otro, a estar causado en su deseo por el objeto a que lo divide: “En ese punto de falta tiene que reconocerse el sujeto” (24). A esto se denomina travesía o atravesamiento del fantasma fundamental, uno de los pilares en los que Lacan se apoya para decir que el análisis es terminable.
Bibliografía
1. Freud, Sigmund.: La interpretación de los sueños, O.C., vol. 2, Madrid, Biblioteca
Nueva, 1974.
2. — : "Los dos principios del funcionamiento mental", O.C., vol. 5,
Madrid, Biblioteca Nueva, 1974.
3. — : "El poeta y los sueños diurnos", O.C., vol. 4, Madrid, Biblioteca
Nueva, 1974.
4. — : "Fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad", O.C., vol.
4, Madrid, Biblioteca Nueva, 1974.
5. — : "Generalidades sobre el ataque histérico", O.C., vol. 4, Madrid,
Biblioteca Nueva, 1974.
6. — : "La novela familiar del neurótico", O.C., vol. 4, Madrid, Biblioteca
Nueva, 1974.
7. — : "Lo inconsciente", O.C., vol. 6, Madrid, Biblioteca Nueva, 1974.
8. — : "Pegan a un niño", O.C., vol 7, Madrid, Biblioteca Nueva, 1974.
9. Fuentes, Mabel.: "Del analista en el fantasma", trabajo presentado en las Primeras Jornadas de Carteles del Area de Lecturas Lacanianas de la AEAPG, 1994.
10. — : "El yo y el fantasma", trabajo presentado en las Segundas Jornadas de Carteles del Area de Lecturas Lacanianas de la AEAPG, 1995.
11. — : "El afecto desde Lacan", conferencia preparatoria para las XX Jornadas de Psicoanálisis con Niños y Adolescentes de la AEAPG, 2001.
12. — : "Adolescencia y fantasma", trabajo presentado en las XXII Jornadas de Psicoanálisis con Niños y Adolescentes de la AEAPG, 2003.
13. — : "Sobre la clínica de borde", Revista de la AEAPG. Psicoanálisis contemporáneo, nº 28, 2003.
14. Isaacs, Susan: Naturaleza y función de la fantasía, en Desarrollos en psicoanálisis. Ediciones Hormé, 1971.
15. Laplanche, J. y Pontalis, J.B.: Fantasma, en Diccionario de psicoanálisis, Barcelona, Editorial Labor, 1971.
16. Lacan, Jacques: El Seminario. Libro5, Las formaciones del inconsciente, Buenos Aires, Paidós, 2001.
17. — : "El Seminario. Libro 6, El deseo y su interpretación" (inédito).
18. — : El Seminario. Libro 7, La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1991.
19. — : El Seminario. Libro 8, La transferencia, Buenos Aires, Paidós, 2003.
20. — : "Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano", en Escritos 1, México, Siglo XXI, 1972.
21. — : "Kant con Sade", en Escritos 2, México, Siglo XXI, 1972.
22. — : "Posición del inconsciente", en Escritos 2, México, Siglo XXI, 1972.
23. — : "El Seminario. Libro 10, La angustia" (inédito).
24. — : El Seminario. Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1986.
25. — : "El Seminario. Libro 14, La lógica del fantasma" (inédito).
26. — : "El Seminario. Libro 18, De un discurso que no fuera de la apariencia" (inédito).
27. Rey-Debove, J. y Rey, A.: Le nouveau Petit Robert, Dictionnaire de la langue francaise, 9ª Edición, París, 1993.